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| Homilía-Nuncio Apostólico |
![]() Homilía S.E.R. Mons. Cristophe Pierre - Nuncio Apostólico en México Excelentísimos Señores Arzobispos y Obispos Queridos sacerdotes, diáconos consagrados, miembros de los movimientos y asociaciones laicales de las parroquias y decanatos, seminaristas, autoridades y representantes de otras instituciones. Amados hermanos de los grupos étnicos que conforman y peregrinan en esta iglesia tlaxcalteca. ¡Vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda creatura!
El Señor, así, se hace nueva y providencialmente presente en nuestra historia, para ofrecer al mundo la salvación y la felicidad plena; y esto, a través de seres humanas congregados en su Iglesia, a través de sus hijos, muchos de los cuales han ya precedido. Cómo no recordar, en efecto, a tantos valientes y generosos misioneros que evangelizaron esta región y esta ciudad de Tlaxcala, sede original de la diócesis católica más antigua de México, creada por el papa Clemente VII el 13 de octubre de 1525 con la bula <<Devotionis tuae probata sincetitas>>, cuya sede, elevada a Arquidiócesis en 1903, fue trasladada a Puebla de los Ángeles. Eximio en santidad fue su primer obispo, Fray Julián Garcés, O.P., pero no menos aguerridos y beneméritos lo fueron los misioneros García de Cisneros, Martín de la Coruña, Andrés de Córdoba <<Verdaderas columnas de la Iglesia Mexicana>>, Juan Díaz, primer párroco y evangelizador de Tlaxcala con Fray Bartolomé de Olmedo, mercedario; Fray Martín de Valencia, Fray Toribio de Benavente o Motolinía, Fray Luis de Fuensalida; Fray Martín Sarmiento de Hojacastro, Fray Alonso de Escalona, Fray Bartolomé de Olmos, Fray Gerónimo de Mendieta y muchos, muchísimo más, cuyos nombres están inscritos en el Libro de la Vida. Llegamos así, al 1959, año en el que el Santo Padre Juan XXIII crea el obispado de Tlaxcala, designándole como primer obispo al querido y recordado Mons. Luis Munive Escobar, padre, pastor y fundador virtuoso, que se distinguió no sólo por su dinámica de acción pastoral en la diócesis, sino también, por su edificante espíritu y celo misionero, y por haber sido el gran promotor de la causa de beatificación de Cristobalito, Antonio y Juan, los Niños Mártires de Tlaxcala. Mons. Munive retornó a la casa del Padre la tarde del 25 de mayo de 2001, luego de 12 años de sufrimiento. Y, ¿qué decir de Monseñor Jacinto Guerrero Torres, cuyas virtudes, trabajos y afanes apostólicos son conocidos y reconocidos por casi todos los hombres y mujeres del pueblo de Dios en esta tierra? Él, llamado a la Casa de Dios en diciembre de 2006, recibió, sin duda, y abundante, la recompensa prometida por el Señor a los administradores fieles y prudentes. En fin, y desde hace poco más de un año, el Santo Padre Benedicto XVI quiso enviarles como Pastor y Padre, al querido Mons. Francisco Moreno Barrón, tercer obispo de esta amada Diócesis. ¡Dios recompense a tan preclaros Mensajeros! Dios bendiga a Tlaxcala que, ha tenido el tesoro del anuncio luminoso del Evangelio, la celebración del sagrado misterio de la Eucaristía, la gracia de Dios ofrecida en los sacramentos a sus niños, jóvenes y adultos, y a través de los cuales nos ha hecho hijos suyos, y hermanos, discípulos y misioneros de Jesucristo, hijos de la Iglesia e hijos de María. También por ello, queridos hermanos, porque debemos corresponder a tantos dones nos toca hoy a nosotros hacer vida el mandato del Señor Jesús: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda creatura”. Porque, como la Quita Conferencia del Episcopado Latinoamericano, también a nosotros ha llegado el soplo del Espíritu, señalándonos que ha llegado la hora de asumir, con audacia y decisión, el reto de la Gran Misión Continental, que impulsa a anunciar a Jesucristo, a iluminar el camino de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, a ofrecer al mundo su gracia salvadora y a inyectar a todas las realidades humanas, la vida abundante, el amor y la justicia que brotan del Evangelio. Gran Misión de desafía a la Iglesia que está en Tlaxcala, invitándola a redefinir si identidad, a reubicarse ante la realidad y a reorientar su vocación y misión, que antes de ser un programa de acción pastoral, es un llamado a recuperar su identidad de Discípula Misionera de Jesús. Se trata, dice el documento de Aparecida, de: <<mostrar la capacidad de la Iglesia para promover y formar discípulos y misionero que respondan a la vocación recibida y comuniquen por doquier, por desborde de gratitud y alegría, el don del encuentro con Jesucristo>> (DAp, 14). Ante una labor pastoral a menudo pragmática y carente de vida, la Iglesia tiene ante sí el reto de entender y vivir su labor pastoral-misionera como una experiencia de Dios, fundamento último del ministerio pastoral y de la espiritualidad que lo sustenta; experiencia que lo sustenta; experiencia que implica la aceptación vital de Jesucristo y la apertura a la acción del Espíritu Santo. Jesucristo es el camino para la experiencia de Dios: Él es el camino que nos permite descubrir la verdad y alcanzar la realización plena de nuestra vida. Y es precisamente de esa experiencia profunda, de donde brotará un ministerio pastoral fecundo, pues <<cuando el discípulo está enamorado d Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que sólo Él nos salva (Hch 4,12)>>; y será la fuente de donde podrán surgir nuevos caminos y creativos proyectos pastorales que infundan una firme esperanza para vivir y para irradiar, de manera responsable, la fe. Ante una peligrosa tendencia a polarizar la acción pastoral hacia la Iglesia misma -“pastoral de Conservación”-, la Misión Continental permanente nos impulsa a volver la mirada a Jesucristo y a orientar la misión en la perspectiva del reinado de Dios en el corazón de una persona, De cada familia y de toda la familia humana. Ese fue el proyecto de Jesús y ese debe ser también el proyecto de sus discípulos. Con la Misión Continental, queridos hijos y miembros todos de la Iglesia en Tlaxcala, el Señor Jesús sale a nuestro encuentro, se cruza en nuestros caminos, quiere abrirnos los ojos, sacarnos de nuestros letargos, ponernos de pie, hacernos miembros más vivos de la Iglesia para que salgamos y llevemos su mensaje más allá de los confines del territorio en el que habitualmente nos movemos; para que vayamos hasta los últimos rincones de la Diócesis y de la tierra. Queridos hermanos: consientes y agradecidos de nuestra identidad católica, recorramos con fidelidad, perseverancia y entusiasmo el camino de la Misión siguiendo al Señor por los caminos de la cruz que lleva a la santidad, a la salvación y a la felicidad plena. Él, como nos ha asegurado, permanecerá cerca del obispo y de los sacerdotes, de los consagrados y seminaristas, de los miembros d los movimientos y asociaciones laicales de las Instituciones y de las familias, de los profesionales y trabajadores; permanecerá cerca de todos y cada uno de ustedes, ayudándoles a cumplir eficazmente este compromiso. Que Santa María, la Mujer elevada al cielo en cuerpo y alma y Madre nuestra, san Miguel Arcángel y los Beatos Niños Mártires de Tlaxcala, nos guíen y nos obtengan abundantes dones y gracias del cielo que nos ayuden a asumir permanentemente, con crecientes entusiasmos y valentía, el don maravilloso de la fe, y para que sepamos, siempre y cada día, seguir, servir y proclamar al Señor con alegría. ¡Nuestra Señora de Ocotlán!: como estuvieron los apóstoles, en torno tuyo en el cenáculo, hoy nosotros, en esta su tierra y como iglesia particular, pastores y fieles estamos reunidos para asumir el compromiso de la Misión Continental permanente. Ruega, Madre, por todos nosotros y por nuestras familias, para que nuestra consagración y acción en la Misión, atraiga a todos al encuentro íntimo de Cristo, nuestro Salvador. |